Me despierto con la luz que entra por la ventana de mi habitación con la sensación de encontrarme en el paraíso. Estoy fenomenal, descansado, con energía, vamos, estoy como nunca. Me quito los calcetines, que han hecho de guantes durante la noche, por ver que queda de mis manos y ... ¡¡¡OH, SORPRESA!!!. Tengo manos, están bien, algo endurecidas, pero sanas y completas.
Cuando llegaba a la cocina para desayunar, me cruzo con mi tío.
- Hombre, mira quien amanece por aquí. Ya iba a despertarte.
- ¿Pero tío? Un poco de vidilla, que hoy es Domingo, y además, son apenas las nueve de la mañana.
- No te preocupes, que hoy no será lo de ayer. Hoy es día de fiesta, pero también hay que prepararlo todo.
Mientras desayunamos, mi tío me va explicando el plan del día y las funciones que tenemos que hacer nosotros. Y ya estamos unos cuantos hombres del pueblo, mi tío y yo, montados en el remolque que lleva un tractor, yendo a los campos en los que ayer estuvimos trabajando y luego a los montes cercanos. Tenemos que cargar toda la leña que estuvimos apilando, tanto nosotros como otros que estarían por otros lares, porque había pilas de leña por todos lados.
- Joder, con el día de fiesta.
Cuando mis lomos ya están bien calentitos de tanto agacharse a recoger la leña y cargarla en el remolque, asegurándola para no perder la carga por el camino, me doy cuenta que en le remolque no cabemos, esta hasta los topes. Y cuando le pregunto a mi tío como volvemos nosotras...
- ¿Que como volvemos? Pero que gracioso que eres, sobrino. Pues con “el coche San Fernando”, un ratito a pie y otro andando.
- Pero tío, si estamos en el quinto pino, nos costara una eternidad volver al pueblo.
- No hombre, no. En menos de una hora ya estaremos en el pueblo.
Y decía la verdad, en unos tres cuartos de hora ya estamos entrando en el pueblo. Descargamos la leña en el horno del pueblo. Que resulta muy rápido, ya que había gente en el horno que nos ayuda. Dejamos un poco de leña en el remolque para llevarla a unas eras a las afueras del pueblo, y veo que hay un montón de gente. Tomas, me va explicando que ahí es donde se esta haciendo la matanza del cerdo. Un matarife es el encargado de sacrificar el animal. Se recoge la sangre en una palangana, mientras una señora esta removiéndola, todavía caliente, para que no se cuaje.
- Se usa para hacer las morcillas.
Luego, con una aliaga encendida queman todo el pelo del cerdo y cuando esta completamente chamuscado, con una especie de hoz, le quitan toda la parte quemada, quedando una piel rosada. Con una habilidad pasmosa, el matarife, despieza el animal en un instante. Cada pieza tiene su destino, para jamones, para embutido, los lomos,...
Cuando estoy todavía pasmado con el proceso, me pasan un plato con trozas de cerdo hechos a la brasa con la leña que nosotros hemos traído (por fin veo un resultado de todo el trabajo que he estado haciendo durante el fin de semana) y unos trozos de pan recién hecho.
- Oye tío, hoy domingo, el panadero hace pan.
- Pero tú no te enteras de nadas, verdad. ¿Para que crees que es la leña que hemos llevado al horno del pueblo?,
Me explica con la paciencia del Santo Job, y yo con la sensación de ser el tonto más tonto de todos los tontos, que ha habido algunos hombres del pueblo, que les ha tocado, que a las cuatro de la mañana ya tenían encendido el horno y a primera hora de la mañana, las mujeres principalmente, estaban preparando la masa para hacer el pan. Cada semana o diez días, se enciende el horno y en todas las casas del pueblo, preparan la masa para hacerse cada cual su pan, para los días siguientes. Y en esta ocasión además, se prepara pan extra para la fiesta.
La jornada continúa y ahora parece que son las mujeres quienes no paran de trabajar, preparándolo todo para hacer el embutido y la orza. Mientras “los hombres”, estamos como que trabajamos, ayudando un poco a las mujeres por si hay que mover algo más pesado y con las brasas, preparando la carne, que servirá de comida a todo el pueblo. Ahora si que hay un poco de vidilla y empiezo a cogerle gusto a esto del pueblo. No es todo romperse la espalda ni destrozarse las manos.
Por la tarde, volviendo a casa, no puedo dejar de pensar en todo la experiencia que me ha supuesto esto del pueblo. No ha estado tan mal al fin y al cabo. Sobre todo porque llevo el coche cargado de productos de la matanza.